#FidelEntreNosotros: El corazón como prueba


Un regalo para Elba, la novia de Fidel, que este 12 de agosto, estuvo de cumpleaños. Foto: William Parrao.
Un regalo para Elba, la novia de Fidel, que este 12 de agosto, estuvo de cumpleaños. Foto: William Parrao.

Por Abdiel Bermúdez Bermúdez. Por más que hermanas y sobrinas han buscado en el baúl de los recuerdos familiares, pasó lo que Elba dijo que tenía que pasar. No quedan pruebas. Ni una línea en una carta amarillenta, ni una foto en sepia de la época. Todo fue devorado por el fuego cuando la tiranía tocó a la puerta de la casa.

La madre lo recogió todo en un santiamén, mandó a los muchachos afuera, a la calle, y abrió solo cuando Elba regresó del patio para decir que había terminado. ¿Todo, Elba?, la inquirió. Todo, dijo ella con la cabeza gacha, aunque resuelta, y se escurrió entre los guardias que entraban.

Desde ese día decidió callarse. No le contó su historia a nadie más. Al menos no a nadie desconocido. La familia sí sabía los detalles, pero había un pacto de silencio respetado por décadas –como pasa con los secretos más íntimos–, que no se agrietó ni fue revelado nunca.

– ¿Y por qué ahora sí? –le pregunto.
– Es que ya estoy muy vieja. O estamos, porque él está viejo también. Y además, yo no quisiera morirme así…
– ¿Entonces es verdad? ¿Usted fue novia de Fidel?
Elba sonríe. Allá en el fondo de sus ojos hay una historia bajo llave. Se acomoda el doblez de la blusa junto al cuello y pone las manos nerviosas sobre la mesa, hasta rozar mi grabadora con sus dedos.
– Ese hombre es el amor de mi vida.
Lo dice así, con una sencillez que emociona. Cualquier cosa que diga Elba Rosa Nieves Moreno desde ahora pudiera parecer un secreto de Estado, pero no lo es. Tiene 88 años y ha sido lo que llaman una “persona integrada” toda la vida: maestra hogarista, federada, dirigente, militante… Pero es también una mujer enamorada.

Un regalo para Elba, la novia de Fidel, que este 12 de agosto, estuvo de cumpleaños. Foto: William Parrao.
Un regalo para Elba, la novia de Fidel, que este 12 de agosto, estuvo de cumpleaños. Foto: William Parrao.

“La última vez que nos vimos fue en La Habana, al final de un evento de Educación. Lo vi y lo llamé: ¡Fidel! Pero, a la primera, no me reconoció. Se quedó quieto, tratando de identificarme, supongo, hasta que adivinó: ¡Elbita!, y me abrazó. Conversamos un rato, de todo, de la familia, de Birán… y nos despedimos”.

Elba lo conoció siendo una adolescente. Vivía en Cavel, un lugar que ya no existe, o mejor dicho, que es pura caña, en las inmediaciones de Cueto y Nipe.

“Él estudiaba en Santiago, pero cuando venía a su casa siempre iba a verme. Caminaba casi una legua desde Güira, donde lo dejaba el tren antillano. No parecía hijo de rico. Pero tenía que ir allá porque él me había ‘pedido’ a mis padres. Yo era la décima de 13 hermanos. Nuestras familias eran muy amigas, y eso se respetaba mucho.

“Nos hicimos novios cuando yo tenía 15 años y él 16. Mi cumpleaños es un 12 de agosto y el suyo un día después. Mi mamá tenía un hermano en Birán, Baltasar Moreno Vargas, y él me invitaba a su casa. Fidel era muy amigo de mis primos. Ellos le dijeron que había una muchacha nueva de visita en casa, muy linda, y quiso conocerme”.

“Una mujer sabe cuando un hombre se enamora, y Fidel se enamoró de mí. A mí me pasó igual con él. Era muy alto, un joven lindo, fuerte, hablaba muy bonito. Uno quería quedarse escuchándolo todo el tiempo. Nunca le oí una grosería. Era extremadamente cariñoso. Creo que casi todas las muchachas de Birán estaban locas por él.

“Si usted ve las cartas que me hacía, con qué amor… Yo las tenía amarradas con una cinta, escondidas debajo del colchón. Por las tardes paseábamos por la finca, me cogía la mano…

– ¿Era zalamero? –la provoco, y ella se ríe.
– Un caramelo, él era un caramelo.

Atenta, del otro lado de la mesa, está la hermana menor escuchando el diálogo. Se llama Elsa y asegura que una de sus dichas es haber sido acunada en los brazos de Fidel. Pide permiso para interrumpir y contar que Fidel llegaba a la casa en Cavel y la alzaba en brazos. “Me mecía de un lado a otro, y luego me colocaba en el piso con cuidado”.

Elsa y Elba viven juntas en una casa de la calle Mártires, cerca de la Pizzería Roma, en la ciudad de Holguín. Elba se casó una sola vez, pero el matrimonio duró apenas un año. “No tuvimos hijos”, dice mostrando las fotos de la boda con aquel bayamés.

Ya no me habla con el mismo desenfado de los minutos iniciales. Creo que tantos recuerdos la han puesto nerviosa y se lo noto en la voz, en el movimiento de los dedos bordeando la grabadora… Le teme al momento en que Fidel ya no esté, porque “no quisiera tener que vivir ese dolor”, y por primera vez hay tristeza en su mirada.

“Mi sueño es verlo otra vez, pero creo eso no va a ser posible. Estamos tan lejos…”

– ¿Y por qué se calló esta historia tanto tiempo?
– Porque no tenía ni tengo cómo probar nada de lo que le he contado. La gente de Birán, que conocía la historia, ya no está; y yo destruí las cartas que me unían a él, porque comenzaron a volverse peligrosas para mi familia en medio de la guerra. Si nos cogen esas cartas, nos matan. Después de eso, quién me iba a creer que había sido su novia. Él es Fidel, y yo soy Elba. Mis pruebas están en el corazón.

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