La suerte está echada


Por Jesús Álvarez López. Quienes siguen la política internacional saben que la crisis de octubre fue una escaramuza afortunadamente verbal en comparación con el peligro que hoy acecha al planeta. Y la humanidad pareciera dormir ante el “coco” que pudiera destruir la civilización humana.

Definitivamente Donald Trump no está loco, aparentarlo es parte de su estrategia para crear el caos y la incertidumbre en aliados y adversarios y hay que reconocer que lo ha logrado. Hoy el mundo es un barullo anárquico.

Si Venezuela es agredida militarmente correrá mucha sangre pero se creará un frente continental de lucha contra el invasor que sería imposible derrotarlo. Lo aconsejable es que nadie compare una agresión contra la cuna de la libertad en Latinoamérica con ningún otro escenario precedente.

Los cubanos sabemos bien lo que se decide en Venezuela y hemos meditado con detenimiento sobre lo que la pandilla de John Bolton llama “la troica de la tiranía”, que encabezamos con honor.

Solo que los pueblos saben que Cuba envía médicos para curar a los enfermos donde el imperio manda soldados a matar a los sanos.

En momentos tan complejos resulta lógico que extrañemos la palabra sabia de Fidel, que el Che llamó “profeta de la aurora” cuando le faltaba experiencia todavía para adivinar cada posible paso del enemigo imperialista.

Pero rebuscar en el archivo de su vida revolucionaria nos permite conocer su posición ante situaciones complejas como aquel acoso que sufrió el presidente Salvador Allende, en las semanas previas al golpe de estado fascista cuando le escribió “no olvides por un segundo la formidable fuerza de la clase obrera chilena y el respaldo enérgico que te ha brindado en todos los momentos difíciles; ella puede, a tu llamado ante la Revolución en peligro, paralizar los golpistas, mantener la adhesión de los vacilantes, imponer sus condiciones y decidir de una vez, si es preciso el destino de Chile”. Allende murió con el fusil regalado por Fidel entre sus manos.

Los imperialistas dicen que después de Venezuela vendrán por nosotros. Aquí estamos y estaremos, con el mismo valor con que enfrentamos el peligro de desaparecer de la faz de la tierra en aquel octubre que hizo brillar como nunca un estadista.

Sabemos que el escenario ha cambiado, pero no el amor a la independencia que nuestros padres y abuelos conquistaron con sangre. “Para que queremos la vida sin el honor de saber morir por la patria”, dijo Maceo.

Las constantes agresiones del imperio nos acostumbraron a dormir de pie como las jirafas, y con el cuello estirado para vigilar los pasos del enemigo.

A nosotros no nos sorprenderán. Y como escribiera Fidel “No tendrán jamás a Cuba”.

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