Helio


Por Yani Martínez Peña. El helio es el elemento químico de moda. Y no es que hayamos descubierto cómo usarlo para producir energía eléctrica, como combustible para la cocción de alimentos o en aplicaciones medicinales. Es que desde su descubrimiento, realizado por Sr. Ramsey en 1895, el helio es el gas que se utiliza para inflar de manera más eficiente.

Desde finales del siglo XIX este gas noble alimentaba los globos aerostáticos, una de las novedades de aquella época – bien dicen que la moda es cíclica-. Y aunque también se ha empleado en la industria del clima, la refrigeración y la soldadura, su aplicación “más noble” siempre ha sido la de servir para inflar globos, aerostáticos, decorativos, infantiles… en fin, globos.
Así es que una vez más está de moda. Inflar se ha convertido en un término de uso común en todos los escenarios. Se apela a él para hablar lo mismo de la situación económica doméstica que de los informes de producción en empresas estatales, las asambleas sindicales, las de rendición de cuentas, las Ciencias Sociales.
Se habla de infladores en todos los niveles. De globos que suben y no bajan (los de helio), de globos que, de soltarse, terminan en el suelo y de otros que explotan.
A modo de ilustración sobre los primeros (los de helio) un clásico: los precios. Es costumbre que determinadas situaciones los eleven; por ejemplo, la falta de materia prima, el incremento de la demanda por el advenimiento de alguna fecha especial, asunto normal en cualquier economía. Tan normal como el restablecimiento posterior a la situación excepcional. Por acá no, pues los precios que se inflan y suben, no bajan jamás.
De aquellos que nunca suben puede escribirse un tratado, donde estarán los planteamientos sin respuesta, las promesas sin fundamentos, las reuniones sin chequeo de acuerdos. Y de los que explotan, pues ya se sabe, no hay mal que dure cien años ni globo que lo resista. Afortunadamente se avanza en el esclarecimiento de las causas de cada explote y en la explicación transparente y oportuna para que la gente no ande inflando por ahí.
Resulta que hay infladores buenos y malos. Los buenos poseen un dominio exhaustivo de la actividad en la que se desempeñan, se lo creen y lo demuestran. Para elogiarlos se dice que esa persona “sí infla” y para estimularlo a que haga mejor su trabajo se le exhorta: “Vamos, infla ahí, que tú puedes”.
Los malos son aquellos que hablan mucho, pero hacen poco, y saben poco aun cuando presumen mucho. A esos se les llama “infladores” y la diferencia no está en el vocablo en sí, sino en la entonación, que en este caso suele ser despectiva.
La lengua, como muchos otros fenómenos socio comunicativos, es dialéctica, por lo que muchas palabras han quedado obsoletas con el paso de los años, y otras, más adecuadas a los nuevos tiempos, han sido asumidas como válidas e incorporadas a los diccionarios, debido a su empleo sistemático. Tampoco es una novedad que alguna palabra modifique o incorpore nuevas acepciones, de manera que inflar no sería ni el primer ni el último verbo del castellano en cambiar su aspecto connotativo.
Lo que no debe suceder es que el uso indiscriminado de ciertas palabras en espacios tanto informales como oficiales, terminen por legitimar fenómenos negativos como el excentricismo, el triunfalismo, el paternalismo y otros ismos, cuál de todos más dañinos a nivel social.
Probablemente en unos años ya nadie emplee el termino inflar para referirse a estos fenómenos, por aquello de que las modas también son efímeras. Ojalá que para entonces también hayan desaparecido los malos infladores, y si queda algún globo sea de los buenos, de los que no explotan, de los que no caen al suelo, de los que salen a flote a pesar de las dificultades, de los que buscan incesantemente la cima. De ser así, solo restará decir: Sr. Ramsey, ¡gracias por el helio!
(Tomado de Ahora)
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