Justo en la “Diana”


Caricatura: Martirena
Caricatura: Martirena

Por Rosana Rivero Ricardo. El carro de mi casa no es particular. Me subo y me bajo como los demás. El que tengo ahora es de último modelo: Diana. Y bien que le pusieron el nombre, porque hacia él se dirigen todos los disparos de la opinión pública.

Es como un buzón de quejas y sugerencias, un micromundo rodante de lo que es Cuba.

Allí está la sociedad entera, más condensada que la leche: el médico, el maestro, el obrero, el estudiante, el chofer… Unidos todos, codo con codo, con sus matules y sus horarios, sus satisfacciones y preocupaciones.

Por ahí viene la mía. Se acerca, aunque en “modo animal”: “ba-llena” hasta el tope. Me cuelo por debajo de un brazo. Un pie primero. Otro después en el último escalón. Cuidado que te coge la puerta. La mochila del estudiante en la cara. La cartera alante y un Mimi, hazme el favor de llevarme este bolso y la sombrilla para no ocupar tanto espacio.

Arrancamos, por fin. No puedo quejarme. A fin de cuentas, una Diana le da más temas para escribir a un periodista que la universidad para la tesis. Allí hay miles de historias: comedias, dramas, acción; según el ánimo de la gente. Hay debate de la oferta de Etecsa y de la actuación de Holguín en la pelota y del trabajo por cuenta propia, y de la doble moneda…

Asciendo en la escala social en la siguiente parada. Del escalón paso al pasillo. Mi antiguo puesto lo ocupa una Yipsi Moreno versión rubia. A ella la Diana le queda chiquita. No soporta que la toquen ni la empujen. Por eso, da más patadas que Messi a la persona de atrás para reclamar un espacio vital que no podrá obtener.

Dice su solapín que trabaja en recursos humanos en una empresa extrahotelera. Algunos pasajeros, bajito, lo comentan. Extraña manera de lidiar con las personas para una especialista en el tema.

“Córranse que hay espacio atrá”. Recojo mi bolso y mi sombrilla. Me muevo un poco y empeora mi situación. Justo detrás de mí, alguien con ínfulas de constructor: le encanta repellar. Aplico técnica de la jarra: una mano en la cintura, brazo en forma de agarradera, codo en modo arma punzante para repelir el asalto. Salgo victoriosa.

Tengo derecho a un asiento en la siguiente parada cuando sube una jovencita que se corre hasta el final. Y desde el principio de la guagua el chofer: ¡A ver, la que pasó sin pagar como perro por su casa! Y ella: Mire, más perro será usted, que mi mamá le pagó por las dos.

Arrancamos a lo “rápido y furioso” y es cuando el dadivoso se deja sentir. Subió con una latica de la cual brinda música a mansalva. Un trago amargo para todos los oídos. Operado del gusto como está, no le importa herir al tímpano ajeno.

La señora de al lado no se deja lastimar, que apague aquello que va en un espacio público. Y el a que no. Y ella a que sí. Y el a que no. Y la gente a que sí. Y como no funcionó por la buenas, pues a las malas. Ella le propina un sombrillazo, como si aquel fuera su nieto Juan me tiene sin cuidado.

Aunque inesperado, la gente apoya a la abuela improvisada y la educación más allá de la casa, más allá de la escuela, en plena Diana.

En eso te acuerdas de tu cartera. El bolsillo que está abierto. El teléfono que no está. Y tú que gritas: Chofer, no abras la puerta que me robaron el teléfono.

(Tomado de Ahora)

La opinión que le merece el texto que acabas de leer es muy importante para nosotros, ¿la compartes?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.