Ligeros de equipaje


Por Liudmila Peña Herrera. Se van. Agitan la mano, dicen adiós y hasta sonríen. Todo es parte de un papel que se han impuesto interpretar para que no quede un mal sabor de despedida.

Han dicho adiós en unas cuantas ocasiones: antes de irse a la escuela al campo, de vacaciones a una provincia lejana, a la beca preuniversitaria, a la universidad, a la luna de miel… Pero este sabe a silenciosas lágrimas detrás del teléfono, a ausencias en las fotos de fin de año; se siente (al menos en uno de los dos bandos que agitan los brazos) como un desasosiego difícil de soportar. Son despedidas entre dos o más generaciones.

Este adiós –parafraseando a Sabina– «no maquilla un hasta luego». O quizá sí, pero a largo plazo. Por eso, hay gente a la que no le gusta o no quiere expresar esa forma de adiós. Entonces se marchan, ligeros de equipaje como los otros, pero en silencio y sin agitar mucho los brazos, como para que el mundo no los vea partir.

Estas despedidas no son tan simples como tomar una guagua, un «rutero», un catamarán, un avión… Hay adioses tan rotundos y definitivos como si hubiese mundos paralelos u otros planetas de por medio.

Esos «ligeros de equipaje» se marchan a una tierra que no podrán llamar nunca «Patria», aunque un día se convierta en la cuna de sus hijos. Van en busca de otro proyecto de vida, detrás de otros empeños y oportunidades económicas.

Hay un canto al futuro en esos planes, pero sus huellas afectan el presente de no pocas personas. Ahí están los vestigios de soledad de una anciana cuidada por vecinos hasta el último de sus días, porque la hija se fue «para darle todos los gustos a mi madre mientras viva» y no pudo regalarle lo único que la vieja quería en la vida; el desamparo espiritual de algunos niños que todavía no logran entender cómo sus padres logran hablarles de amor a tantos años y kilómetros de distancia…

Yo también he dicho adiós. Me he quedado guardando un abrazo y deseando buena suerte, confiando en las cercanías del e-mail, fiándome de la ventura y el destino. La migración parece ser, para este lado del planeta, una conspiración en contra de la unión familiar, de la cercanía física y, a veces, espiritual.

La economía nos golpea por todos los costados de la Isla, las relaciones históricas con el vecino de enfrente también: duelen los jóvenes valiosos que se han ido, e incomoda la cantidad de profesionales de alta calidad que hemos perdido.

Aunque es frecuente que en el mundo los jóvenes vayan de un lado a otro del planeta, buscando dónde acomodar su presente e invertir para el mañana, creo que nuestra nación debe «tomar providencias» -y previsiones– con esos números que semejan parpadeantes bombillitos de colores, si se les ubica en un mapamundi, y llaman demasiado la atención, como para que uno quede impávido ante tantas señales.

Esos valiosos que se van no deberían encontrar su razón en que son hoy los bribones de nuevo tipo (los de las grandes ventas y reventas y otras ilegalidades) quienes les quintuplican el «salario» cada mes, no andan a pie, tienen una vida más cómoda y disfrutan, mayoritariamente, de unas buenas vacaciones en hoteles o pueden viajar al extranjero.

Para los que amamos y soñamos a Cuba desde Cuba, nos molestan esos adioses definitivos y feroces que pudiesen ser, perfectamente, un hasta pronto. Esta Isla necesita demasiado de su juventud como para seguir agitando el brazo conforme a la tradición.

(Tomado del blog Poesía de Isla)

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2 comentarios sobre “Ligeros de equipaje

  1. Me gustó mucho el post, en efecto, es una realidad triste que tantos jóvenes abandonen el país que los vió nacer, en lo personal conozco a muchos que han optado por la emigración para alcanzar un sueño que solo les parece posible fuera, y es cierto como dice, que “nuestra nación debe «tomar providencias» -y previsiones– con esos números que semejan parpadeantes bombillitos de colores” pero providencias inteligentes y audaces, que hagan que los jóvenes deseen quedarse en su país de origen.

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  2. Es muy triste. Aquí hay muchos cubanos que han llegado y conseguido trabajo. El tema no es cuanto ganas, sino lo caro que es vivir en este país. No los veo felices aunque tengan un buen salario.

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