Ni Esperanza, ni Virgen


Mis colegas Virgen (izq) y Esperanza, después de pasar por el Clínico, donde la mayoría de los pasajeros descienden de la Diana. VDC Foto: Luis Ernesto Ruiz Martínez.

Mis colegas Virgen (izq) y Esperanza, después de pasar por el Clínico, donde la mayoría de los pasajeros descienden de la Diana. VDC Foto: Luis Ernesto Ruiz Martínez.

Por Luis Ernesto Ruiz Martínez. No creo que exista mejor ejercicio matutino que viajar a bordo de una Diana en la ciudad de los parques. Dice Anido, admirado profesor de la carrera de periodismo de la Universidad de Holguín, que es un insuperable ejercicio comunicativo. Y yo le creo, aunque para serles sincero, después que bajas de ella quedan pocos deseos de escribir.

Si tienes la mala suerte de llegar con la parada llena, sin más opciones que los coches, pudieras tener la sospecha, casi certeza, de que llegarás tarde. Miras los rostros de los candidatos a pasajeros y reconoces en ellos a estudiantes y colegas, trabajadores del Clínico (casi siempre delatados por sus batas blancas) y de los destinos por donde hace su recorrido la ruta 2, la que cubre la distancia desde el Reparto Alcides Pino, hasta el Cementerio de Mayabe.

A duras penas logras subir, suertudo que somos a veces a fuerza de empujar, permitir que otros lo hagan, o por lo menos dejarte subir. Lo que viene después, casi todo cubano lo ha vivido o, por lo menos, se lo imagina.

Todavía queda algo de educación formal y, aunque raro, algún joven cede su asiento a una dama o persona mayor. Aquel te pone en la espalda un objeto punzante no identificado, la otra tiene que sujetarse de ti porque no llega al pasamanos y uno que otro lanza un disparate del que tienes dos opciones: te ríes sin que se den cuenta, o lamentas haber subido a semejante “aparato”.

Más apretado que las sardinas en una lata de las que venden en CUC (jamás las he vuelto a encontrar en Moneda Nacional), haces el viaje. En las paradas reconozco a colegas que no tienen la misma suerte que yo y quedan en el camino. En el populoso barrio de Pueblo Nuevo, después de La Placita, abordan las protagonistas de mi final: Esperanza y Virgen, dos colegas de la Universidad que, como yo, necesitan “solo un poquito” más de espacio.

Sus nombres son emblemáticos en la Cuba de hoy. Ni una cosa, ni la otra, abundan entre los pasajeros de una Diana. Lo primero, luego de tantos golpes en esta vida nuestra, la hemos perdido poco a poco. Lo segundo, bueno, ustedes saben la causa.

Es fin de mes y pudiera tener lógica que falte el combustible, la Diana y hasta las soluciones, pero no puede faltar la capacidad humana de nuestra gente. Al final, hemos aprendido que somos mejores que los indolentes que pasan en sus relucientes autos modernos, incluso estatales, sin apoyar en la transportación. Pero una ayudita, no vendría mal.

Somos muchos más los que dependemos del transporte público. Son insuficientes, lo sabemos, las opciones que la ciudad de Holguín puede poner a disposición de todos. Pero podemos ayudar y apretarnos un poquito más cuando subimos a una Diana.

No se preocupe que no perderá demasiado. Al final, a lo mejor, usted no es ni Esperanza, ni Virgen.

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