Apología a lo cubano


Hay símbolos que destacan entre la multitud. Foto tomada de internet.

Hay símbolos que destacan entre la multitud. Foto tomada de internet.

Por Lilian Sarmiento Álvarez*. Eufórica como un niño cuando recibe un juguete nuevo, la estudiante de tercer año de Pedagogía le comentó a su compañera: – “¡Yamisleydis, mira qué blusa más linda tengo de la bandera americana!” La otra, contagiada por la emoción de su amiga, acudió rápidamente a admirar la “majestuosa” imagen.

A su lado, un par de muchachos escuchaban una música extranjera cuya letra tarareaban sin comprender ni una palabra. Se acerca otro y pregunta por Habana de Primera. La respuesta fue tajante: – “Nosotros no escuchamos música cubana. Eso no sirve.”

Conductas como estas no son exclusivas de la juventud, sino que se repiten a diario tanto en niños y jóvenes como en adultos. Menospreciar todo aquello representativo de nuestra cubanía, desde las tradiciones más arraigadas hasta cualquier expresión actual de identidad nacional, resulta una actitud común en la Cuba de hoy, pero no correcta.

Es inútil achacar culpas a las nuevas tecnologías o a la enorme influencia de los medios extranjeros sobre la sociedad pues, aunque sus efectos son innegables, desde dentro también se propician el deterioro y desconocimiento de nuestra identidad nacional.

Desde hace algún tiempo, gran parte de las propuestas televisivas dirigidas a los más pequeños de casa son producciones extranjeras. Los episodios de Dora, la Princesa Sofía y todo tipo de superhéroes acaparan la atención del público infantil.

Es cierto que Elpidio Valdés ya está cansado de cruzar la trocha y hacer cañones de cuero, Chuncha sigue llevando a Cacharro al mismo veterinario, a Sopa de Palabras casi se le acaba el diccionario y necesitan reconquistar a los niños con facturas más atractivas. Sin embargo, continúan siendo buenas opciones para combinar instrucción y entretenimiento, en justo equilibrio con las propuestas foráneas que disfrutan los pequeños.

Por otro lado está la escuela, donde la pedagogía no logra encontrar la fórmula perfecta a la hora de transmitir valores y conocimientos de historia sin que antes hayan sido altamente politizados. A los niños y adolescentes no les interesa repetir como máquinas los párrafos del libro de texto: ellos quieren saber dónde estaba Sanguily cuando fue capturado por los españoles, cómo fue realmente la relación entre Martí y Maceo, o que Carpentier también luchó contra Machado.

Muchos se preocupan, además, por el creciente uso y comercialización de símbolos extranjeros, desde los escudos de cualquier club de fútbol hasta las enseñas de Canadá, Estados Unidos y Brasil, por solo citar algunas de las “preferidas” por nuestra gente, cuando tener una bandera cubana en casa o cualquier otro atributo representativo de la nación se vuelve casi imposible por su ausencia en los mercados o los altos precios de los artículos personalizados con esas imágenes.

Mientras un visitante extranjero puede llevarse a su país un souvenir con mi bandera, o pasearse con ella en el pecho por las calles de Holguín, hay quienes nunca la hemos tenido físicamente, a no ser en un pedazo de papel como recuerdo del 1ro de mayo.

En otras épocas hubiera sido insólito para José María Heredia pensar en una tierra más bella que la suya; imposible para Bonifacio Byrne adorar otra enseña más que la cubana; jamás el joven Mella habría despreciado la “salsita” de Matamoros. Entonces, ¿por qué muchos cubanos de hoy parecen vivir en Cuba, pero no pertenecer a ella?

Querer conocer horizontes diferentes o admitir las virtudes de otros pueblos no es pecado, como tampoco lo es disfrutar la obra de artistas foráneos. Pero ello no significa olvidar nuestra esencia.

Debemos ser conscientes de que los cubanos conformamos un gran ajiaco cultural. Venimos de una tierra de azúcar y tabaco, de rumba, danzón y ballet, de católicos, protestantes, yorubas, abacuás… La riqueza de esta isla no compite con la de otras latitudes porque es única y, quizás, aquellos que no son capaces de valorarla deban primero conocerla. La verdadera identidad está en saberse cubano.

Lilian Sarmiento Álvarez es estudiante de primer año de Periodismo en la Universidad de Holguín.

(Tomado de Ahora)

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