“Estamos cerrados”, es Día de la Técnica


Lo peor del caso es que pocas veces el Día de la Técnica es sinónimo de mejoramiento del servicio. Foto: Archivo VDC.
Lo peor del caso es que pocas veces el Día de la Técnica es sinónimo de mejoramiento del servicio. Foto: Archivo VDC.

Por Yaneidis Ojeda Aguilera. Para él, trasladarse casi treinta kilómetros hasta la ciudad no sin antes tomar el único transporte que lo lleva por un camino apenas transitable, no resulta tan complicado como fallarle a su familia en conseguir el pan nuestro de cada día. Su delgada billetera señala el camino. “Dos kilos de mortadela y dos paquetes de salchichas…”, medita entre los baches mientras la mano en su bolsillo acaricia por última vez el escaso presupuesto.

Conoce bien el camino al Garayalde. “Y hay poca gente, seguro compro rápido” vaticina desde la distancia con su pupila cansada. Y tiene razón: pocas personas merodean por el mercado, de seguro con sus mismas intenciones.

Tanta expectativa había en el acto que al acercarse pensó que llegaba temprano o fumigaban por los mosquitos. Mantenía la esperanza, por eso esperó pacientemente junto a la entrada. Aguardaba una señal, hasta un milagro que le impidiera irse a casa con las manos y el estómago vacíos. Por “fortuna” en breve tiempo una voz muy cómoda, en short y camiseta, desde el lado opuesto de la reja informa: “Mi tío, hoy lunes no trabajamos porque es el Día de la Técnica; eso lo hacemos una vez cada mil años, pero nos tocó hoy”.

Cuántas veces escuchamos o somos protagonistas de circunstancias similares, cuando, contrario a recibir el servicio con calidad, tropezamos con una barrera de justificaciones surrealistas. Murmura entonces el argot popular sobre “el otro bloqueo”, ese que los cubanos nos impusimos, por cuenta propia. ¿Qué tan difícil resulta para las instituciones planificar actividades sin perjudicar a sus clientes o al menos brindarles información oportuna? ¿Es hoy la satisfacción del usuario la premisa fundamental de quiénes prestan servicios?

Quién no conoce la espera en extensas e intensas colas y el papeleo “o peloteo” ante diversos trámites legales, por ejemplo. Si bien es justo reconocer el esfuerzo institucional por simplificar algunas gestiones como la obtención del Carné de Identidad, por ejemplo, todavía la fluidez no es característica en estas. Muchos coincidimos en que la burocracia es necesaria para el adecuado funcionamiento de cualquier país; sin embargo, el burocratismo puede convertirse en un parásito, que contamina todo a su paso.

Por si fuera poco, llegar con la capa de Harry Potter a entidades y no recibir la atención requerida, como si en verdad fuésemos invisibles, es un hecho que ya no causa asombro. El papel del servidor público en muchos casos se ha degradado a través de los años. Como evidencia, en ocasiones falta el esmero por atender al cliente, explicarle, complacerlo; tanto que a veces nos extrañamos con un trato amable, acción por desdicha más frecuente en establecimientos particulares que en estatales.

En la mayoría de los casos, cuando los mecanismos para atender a la población no funcionan correctamente y/o no son supervisados como es debido, aparece la famosa herramienta con que Arquímedes pretendía mover al mundo. Así, los últimos en llegar pueden ser los primeros en resolver sus necesidades y se muestran por arte de magia artículos que creíamos extintos. Claro, están también los que acostumbrados a resolver salen con su jaita a todos lados, pero lo más preocupante es que funciona. Valdría la pena preguntarnos: ¿con qué valores crece un niño que ve en las “habilidades” de sus familiares el método para resolver cualquier situación? ¿Esos “mecanismos de gestión” deben prevalecer en nuestra sociedad?

Cuando nuestras colas caminan como el cangrejo, pasan muchas personas “a saludar o preguntar”, o queremos “matarnos” por no darle el asiento en la guagua a un mujer con un niño en brazos, nada tiene que ver con el bloqueo “de afuera”. Quizá nos perdimos cuando el espíritu fue devorado por las necesidades económicas y recibir el salario superó en importancia a la satisfacción de servir a los demás.

Evitar el disgusto que en muchas ocasiones precede al advenimiento de alguna gestión burocrática, es posible sencillamente si todos hacemos o exigimos porque se haga lo que corresponde. Frente a este panorama, lo peor que pudiera pasarnos es caer en el istmo conformista, como la pareja que cenaba sonriente mientras un paisaje de moscas adornaba su mesa.

Cada vez que callamos ante situaciones que sabemos incorrectas, las favorecemos; pues no elegir es una opción. Y es que a veces vemos, pero no observamos; oímos, pero no escuchamos; sobrevivimos y no vivimos como debería ser en la sociedad mejor que todos queremos.

(Tomado de Ahora)

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