Mucho gato y poca liebre


¿Cuánto pesa un atraco?
¿Cuánto pesa un atraco?

Por Lianne Fonseca Diéguez. No pensé que al final de un domingo como tantos, al hacer mi lista mental de momentos felices, resaltara, como fuegos artificiales, la cara asombrada de aquel vendedor de carne, cuyas artimañas mercantiles se hicieron trizas ante la pequeña pesa digital de un comprador obstinado y rebelde, resuelto a no dejarse vender gato por liebre, o, en este caso, “liebre” mal pesada.

Después que la perversa balanza indicó las supuestas siete libras de carne, del bolsillo del dudoso cliente salió, como carta bajo la manga, una pequeña pesa que, tras un corto pitazo, dijo la última palabra, o más bien, el último número, que era cinco y no siete. “Tienes que chillar hermano, me hubieras dicho que traías una pesa”, fue la respuesta en tono conciliador del comerciante que, sin protestas, cortó otras dos libras de cerdo y enmendó, sin más, el robo.

No hubo disputas ni desacuerdos. No vi síntomas de vergüenza en el vendedor ni de rencores en el comprador. El primero siguió con sus pregones y el segundo se desplazó hacia otras tarimas. Ambos coincidieron en que era una realidad demasiado antigua como para dejarse quitar el sueño y demasiado común como para pensar en cambiarla.

El osado comprador siguió su estrategia y después supe de cada onza robada y luego devuelta. Con excepción del vendedor de malanga, al que habría de hacérsele un homenaje por ignorar las leyes más atractivas del mercado, no hubo punto de venta en el que no le escamotearan productos, cuya cantidad después aumentaba gracias al excelente desempeño de la “pesa vengadora”. Aquel domingo de feria entendí definitivamente que ni la filosofía callejera ni el astuto mercader se equivocaban porque “el que no llora…se lleva a casa solo la mitad de lo comprado”.

La Feria era como siempre un hervidero, el mismo espacio plagado de gente que busca y casi siempre encuentra pero no “llega” y si “llega”, hay pocas probabilidades de que salga ileso. En fin, el mismo sitio de cada domingo, donde la mayor “suciedad” no está en los residuos esparcidos por el piso ni los productos más escasos son los que usted pudiera imaginar, sino el control, la honestidad y la calidad que, como a la justicia en las películas del Oeste, hay que hacerlos con las propias manos.

Y lo peor de este “crimen organizado”, tan viejo en Cuba como los papiros en Egipto, es que el consumidor recibe dos golpes a boca de jarro. El primero lo siente por la zona donde queda el bolsillo, en el preciso instante cuando observa los precios, y el otro, más hiriente aún, le llega hasta el sur del cuerpo, un poco más abajo del alma, cuando se percata de que nunca existieron las 16 onzas que imaginaba.

Pero arrojarles toda la culpa a los ambiciosos comerciantes que no se conforman con la ventaja de la ley de oferta y demanda, sería tan ingenuo como reducir estos males al espacio de la Feria. Hay que preguntarnos si en nuestras peripecias dominicales nos encontramos con frecuencia algún inspector dispuesto a redimirnos del chantaje o si, por casualidad, nos sorprende alguna báscula certificada.

No sé si sirva de algo llamar a nuestros vendedores a un examen de conciencia. Llueve sobre mojado. Por ahora, la solución más rápida y efectiva pudiera ser la compra masiva de minúsculas pesas, a las que lleváramos debajo del brazo como infalibles amuletos.

La estrategia, le aseguro, surtirá efecto, y usted verá como al final del día no sentirá en su paladar los sabores amargos de la jornada dominguera. Pero no cante victoria, para que la sensación de triunfo sea permanente e inquebrantable, le recomiendo que aplique el mismo método en placitas y bodegas. Más de una sonrisa se borrará frente a su cara de consumidor, que no come gato, sino liebre.

Mi visión: no hay que esperar a las Ferias, ni a los domingos, para sentirnos embaucados ante nuestros propios ojos. Lo peor del caso es que también en instalaciones estatales nos roban a lo descarao, y si reclamamos, hasta la misma cola se vuelve en contra nuestra. Así que el tema da para mucho más que un debate. Gracias al Ahora, por sacarlo a la luz, cuando más falta hace poner los prblemas sobre la mesa, digo, sobre la pesa.

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