Lo que el viento no se llevó de Baracoa


Baracoa se recupera de los embates de Matthew.
Baracoa se recupera de los embates de Matthew.

Por Raúl Antonio Capote. La primera vez que viajamos de Guantánamo a Baracoa, la carretera que conduce al vial de La Farola parecía un campo de batalla, la campiña estaba arrasada como si un gigante maligno se hubiera dedicado a torcer cada rama, arrancar cada penacho de palma, cada cocotero, cada cafeto, cada mata de cacao, a patear los techos de las casas y luego insatisfecha su ira, armado de un soplete se dedicara a quemar la tierra.

En el camino, cerca de la costa, paramos a salvar un cable de comunicaciones aplastado por el peso de los postes derribados por el viento. Un campesino con su yunta de bueyes nos prestó ayuda y logramos sacar el cable de entre los restos de cemento y acero que una vez le sostuvieron.

Subiendo La Farola, recogimos a un señor con pulover de ETECSA, le confundimos con un trabajador de esa empresa, resultó ser un campesino de la zona de regreso a su casa. Sebastian se presentó a si mismo con desenvoltura natural, asombrado contemplaba el cementerio de árboles en que se había convertido la zona, madre mía exclamaba a cada rato e identificaba las casas sin techo de amigos y parientes.

Sebastián se bajó en Altos de Cotilla, nos dio las gracias y nos invitó a detenernos un rato en su casa, hacernos un café y darnos unas malangas “menos mal que no fue mucho” dijo sonriente, la casa se inclinaba de costado sobre la pendiente, no aceptamos la oferta del guajiro, debíamos llegar lo más pronto posible a Baracoa.

Era un paisaje sepia el viaducto de la Farola, cubierto de ramas, peñascos y fango derramado, una hilera de vehículos intentaba pasar, de vez en cuando algunas piedras rodaban de lo alto a la carretera y había que esperar a que las motoniveladoras limpiaran el camino.

El viaje fue difícil y algo peligroso, pero el apuro por llegar nos hizo olvidar los obstáculos, de todas partes surgían rostros sorprendidos aún por la calamidad no calculada, pero se apreciaba ya la respuesta de muchos, junto a nosotros y antes que nosotros, miles de hombres y mujeres de todo el país corrían dejando detrás la familia, su vida cotidiana para acudir en ayuda de sus compatriotas.

Luego vinieron días de esos que hacen valedera la vida, que le otorgan sentido, la virtud colectiva, la bondad, el altruismo, perdonen que califique tanto, pero no encuentro como resumir, como reflejar con una frase literaria culta e inteligente tanta experiencia vivida, compartida en medio de un pueblo, ese donde primero amanece en Cuba, el tiempo de un pueblo convertido en tiempo de hornos, donde solo se podía ver luz.

Luego de dos semanas intensas volvimos a la Habana a reponer el equipaje, dedicarle un rato a la familia y regresar. Cuatro días después estábamos de nuevo en Baracoa. Para sorpresa nuestra, el paisaje ahora es diferente, el sepia ha sido sustituido por una rica paleta de colores, el verde prima, las palmas se empinan y los cocoteros se levantan del miedo momentáneo en que los sumió la ira del gigante.

De las quemaduras casi no queda nada pero sobreviven heridas que tardarán mucho en sanar, techos que nunca más cubrirán del sol y la lluvia, árboles centenarios perdidos para siempre.

Un viejo campesino de Vertientes llora la muerte de un “Dormilón” sembrado por su abuelo, llora en silencio y trabaja la tierra, limpia el terreno para un fomento de cafetos, aquí crecerá todo de nuevo, será mucho mejor que antes nos dice, mucho mejor que antes es la frase del momento y se escucha en todas partes.

El gigante se ensañó con esta tierra, sus vientos, sus rugidos, cruzaron el hocico del caimán sin lograr llevarse una vida humana consigo, a pesar de las ocho horas de furia homicida, del fuego y del viento, de la mar desatada, solo se llevó en el morral el polvo que levantó en los caminos, para luego soltarlo entre las olas del norte.

Matthew no pudo llevarse la bondad de esta gente, la hospitalidad, los deseos de vivir con plenitud y sacar adelante esta tierra, el espíritu de victoria, el honor del sacrificio, el orgullo de los habitantes.

Lo que más vale quedó intacto y reverdece, siempre reverdece entre las piedras duras y secas del litoral, en las lomas llenas de sol donde duerme por siempre una mujer, entre los ríos y su gente, aquí en este lugar de Cuba donde primero amanece.

(Tomado de Diario 90)

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