Matthew: nosotros, los atormentados


La joven pareja compuesta por Noil Guzmán Samón (I) y Teresa Samón Frómeta (C), de 24 y 21 años, respectivamente, promotor cultural él e instructora de arte ella, padres de una niña de un año y tres meses, regresan de auto evacuarse y encuentra su casa destruida por el huracán Matthew, en la comunidad de Boca de Jauco, municipio Maisí, provincia de Guantánamo, Cuba, 6 de octubre de 2016. ACN FOTO/Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO.
La joven pareja compuesta por Noil Guzmán Samón (I) y Teresa Samón Frómeta (C), de 24 y 21 años, respectivamente, promotor cultural él e instructora de arte ella, padres de una niña de un año y tres meses, regresan de auto evacuarse y encuentra su casa destruida por el huracán Matthew, en la comunidad de Boca de Jauco, municipio Maisí, provincia de Guantánamo, Cuba, 6 de octubre de 2016. ACN FOTO/Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO.

Por Lianne Fonseca Diéguez. Como un alfiler se prende al alma cada imagen de Baracoa, Imías o Maisí. Las fotos inundan las redes sociales y no me canso de mirar a la muchacha agachada sobre lo que fuera su hogar y que ahora clasifica como un montón de escombros, donde apenas se distinguen la meseta de la cocina y algunos enseres.

Pudiera creerse que estamos acostumbrados a estas escenas de terror que monta la naturaleza de cuando en cuando en esta Isla, pero a los infortunios humanos nadie jamás se acostumbra. Por eso tantas historias estrujan demasiado el corazón, como la del fotorreportero de la emisora La voz del Toa, quien además de no encontrar su casa en pie tras la travesía de Matthew, perdió los artículos que había trasladado hacia otra en su afán por salvarlos.

Me imagino que para mucha gente fue imposible conservar siquiera algún recuerdo. El huracán los redujo a ruinas o se los llevó lejos en sus remolinos de viento y agua. Pero, a pesar de la desolación que dejó en el extremo más oriental del país, siempre queda la felicidad inmensa de la vida, esa que supera siempre a la angustia del despojo material.

Y esa dicha de tener los ojos abiertos después de la tormenta, no solo fue cuestión de suerte, sino la muestra irrefutable de la validez de nuestro sistema de Defensa Civil, que nos hizo estar atentos desde que Matthew apenas asomó la cabeza por el Caribe y nos obligó a vivir de parte en parte meteorológico, ansiosos por que Rubiera descubriera los “pensamientos” más insospechados del “demonio ciclónico”.

En ascuas vivimos los orientales más de una semana. Pero si algo bueno puede decirse de esos días tortuosos en que Matthew se vislumbraba tan peligroso como lento e impreciso, es que, como ya tantos han referido, nos graduamos de doctores en una tesis poco común que generó ráfagas de estrés y nos hizo volcarnos en un claveteo infinito para asegurar una “calificación” de cinco puntos.

En Holguín, durante las horas aciagas que produjo la espera, no quedó ventana sin clavos, puerta sin tranca, tejas sin sacos de arena o piedras ni palomares sin amarrar. Tampoco quedó pariente o vecino que no brindara su casa si esta era fuerte o encontrara refugio en otra si la suya no era confiable para pasar el vendaval.

La población tuvo, como nunca antes, la percepción real del peligro, y si bien Matthew amenazaba con vientos de categoría cuatro, el empeño de los holguineros le llevó ventaja en la escala Saffir Simpson. Eso sí, detrás de ese torbellino de gente preocupada y trabajadora que quería ganarle tiempo al evento meteorológico, estuvo la mano del Consejo de Defensa Provincial que, sin descanso, analizó problemas, evaluó soluciones y atendió a cada inquietud del pueblo, como quien acude ante el llanto de un hijo.

Por suerte, el rumbo impreciso de Matthew nos libró a última hora de sus embates y, salvo en el municipio de Moa, en las demás zonas de la provincia pudimos respirar aliviados y alegrarnos de que, por lo menos para nosotros, el ciclón fue solo un susto.

Hacer el recuento de los últimos días, nos obliga, sin embargo, a lanzar una mirada increpadora sobre algunas acciones que resultaron negativas, como la sobreabundancia de escombros que la población arrojó en la calles, sin discriminar entre podas de árboles o materiales “del siglo pasado” que sobrevivían en los patios, ni analizar si había recursos y tiempo para recogerlos en su totalidad y evitar que luego obstruyeran alcantarillas o se impactaran contra algo o alguien.

Tampoco faltó la “siempreviva” figura del revendedor, presto a multiplicar sus ganancias con “vientos sostenidos” de ambición. Pero más allá de alguna que otra actitud reprochable, los holguineros demostraron pericia y resolución. Demostraron no, demuestran. Porque ahora en Guantánamo se colabora a brazo partido para que allí se cumpla aquello de que “después de la tormenta, siempre sale el sol”.

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