1-1-24


Recuerdos de un "camilito" holguinero.
Recuerdos de un “camilito” holguinero.

Por Luis Mario Rodríguez Suñol. La escuela de Camilitos no es el templo de Shaolin que muchos creen. Se los dice un “monje” que guarda como un tesoro las charreteras de sus tres años vividos allí. Puedo decir que superé con firmeza el implacable rigor de la vida militar. O sea, que no me rajé.

Mi primera motivación fue el uniforme, lo confieso. La pinta militar siempre ha imantado a las mujeres. Es un fetiche que pocas veces falla. Lo frustrante es puertas a dentro, donde la proporcionalidad genérica es una parodia sarcástica a la novela Siete mujeres. Algo así como Siete hombres en busca de una peluca, tipo reality show. Había que esperar a que seis “estomatólogos” hicieran su trabajo delante de ti. En fin, que cuando te disponías a bajar muela no se te pegaba ni una caries.

Cuando entré a los Camilitos dejé mi nombre guardado en la casa. Desde ese día me convertí en Rodríguez Suñol o en el 1-1-24 (números de compañía, pelotón y de la lista del aula). Cualquiera que mencione mis apellidos provocará en modo automático una postura en firme de mi parte. Secuelas, supongo.

La vida militar fortaleció mi sistema digestivo. Aprendí a no masticar la comida para conectar doblete y repetir la dosis alimenticia infiltrado en el último pelotón. Dice mi mamá que allí me bautizaron con unos jugos gástricos benditos. Jamás me he vuelto a empachar.

Mantener el orden interior correctamente siempre fue un reto, más cuando existían reportes tan ocurrentes como cepillo contra el tránsito, jabón barbudo, o convivir con animales salvajes, por algunas arañitas que se instalaban en la taquilla.

Un oficial nos enseñó las dos reglas básicas para un militar. Regla número 1: “El jefe siempre tiene la razón”. Regla número 2: “En caso del jefe equivocarse, remítase a la Regla número 1”.

Hay dos voces de mando que provocan una sonrisa inmediata en un Camilito: ¡Rompan fila! y ¡Paso de camino mar! Todo lo contrario a ¡Tenderse!, ¡De pieeeeeee!, ¡Paso doble corto mar!, ¡Pelotón en una fila a formar! yyyyyy…..can can cán (onomatopeya del suspenso), la más temida de todas: ¡Arrastras, adelante!

No fui de los que se perdió buscando la llave del polígono ni del Mig 15, pero sí de los que hizo guardia en el palmar de la entrada gracias a unos jodedores de doce grado.

Sufrí correr los tres kilómetros en cada gimnasia matutina, y terminé como una tatarabuela después de hacer 60 “viejitas”. Mis manos llevan tatuados incontables metros cuadrados de chapea “voluntaria” y en el segundo plano de mis ojos subyacen ojeras perpetuas por incontables horas de guardia.

No fue fácil, es cierto, pero la vida me lo agradece constantemente, porque detrás de cada obstáculo aparente, de cada orden indiscutible, de cada fin de semana sin franco, siempre estuvo dormida una enseñanza que se despierta cada día en mi andar.

Tendría que hablar entonces del excelente claustro de profesores y la preparación integral que allí me ofrecieron. A los Camilitos entré más verde que un dólar y salí maduro pintón para la vida universitaria. De allí me llevé varios sustantivos que trato de “conjugar” a diario: responsabilidad, paciencia, autocontrol, organización, puntualidad, independencia, cortesía y respeto. Pesan un mundo, pero trato de cargarlos como puedo, o mejor, como allí me enseñaron.

(Tomado del blog Mi cubaneo)

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