Agenda de padre “recién nacido”


abdiel-bebePor Abdiel Bermúdez Bermúdez. La gente, medio en broma y medio en serio, me lo preguntaba en la calle, en el barrio, en el trabajo, en la cola del helado y en la parada de la guagua… A cualquier hora y sin importar si andaba acompañado o no: ¿Cuándo vas a encargar un Abdielito?”.

Me lo decían así, como si fuera cosa de sonar los dedos y en el acto apareciera el mesero llevando el niño sobre el plato. Niño “al jugo”, diría cualquiera si saliera un chiquillo llorón, de esos que no dejan dormir a nadie en casa.

Y precisamente desde que tuve casa propia, los colegas arreciaron las provocaciones: “Bueno, ahora sí ya puedes ponerte a parir”. Y yo me preguntaba por qué ahora sí, como si tener techo fuera garantía de canastilla, cuna, agua de la shopping, pámper, refresco de frutas naturales y carne… de la que sube la hemoglobina, sí, de esa mismitica.

No es que me esté quejando, claro que no. Si hoy los jóvenes cubanos se lo piensan 800 veces antes de tener un hijo, es en buena medida por la falta de un techo propio donde cobijar a la criatura, de ser posible, a varios kilómetros lejos de las mala-crianzas impuestas por algunos parientes.

Ciertamente ese dejó de ser mi problema hace tres o cuatro años, después de un laaaargo tiempo corriendo la maratón de alquiler en alquiler. Aunque no fue tener techo propio lo que apuró la paternidad de la que disfruto hace ya casi un año.

Primero hubo que llegar al embarazo, y para ello, mi esposa y yo pusimos a prueba nuestras armas pesadas, es decir, el latigazo eléctrico de mis espermatozoides, y la fuerza bruta de su óvulo. Una sola “pelea” al desnudo y con la luz apagada fue suficiente para que las almohadillas sanitarias comenzaran a aglomerarse como nunca antes en la gaveta del armario.

Lo jocoso de la historia, sin embargo, no está en que un análisis hospitalario certificara la fecundación, sino en que la ginecóloga solo tenía mi número de celular, y fue a mí a quien llamó para dar la noticia. Así que debo ser uno de los pocos hombres en el mundo que le informa a su propia mujer que ella está embarazada.

Claro que inicialmente la mujer de mis sueños no me creyó. Ni siquiera porque me aparecí en su trabajo con un ramo de nueve azucenas, para felicitarla. Hasta que la doctora se lo confirmó, y quienes me dijeron que la vida me cambiaría después del nacimiento del niño, ¡me mintieron!

La vida cambió en ese mismo instante, no sin antes provocar las lágrimas de felicidad de las abuelas, y la alegría contenida de los abuelos, que enseguida se declararon “tíos” del futuro bebé, porque ser abuelos los envejecía.

Después de la noticia vino captación, y luego la primera consulta integral, a la que también llegué antes que mi mujer, pues madrugué para hacer la cola. Y fue súper-cómico verme allí, rodeado de embarazadas, junto a la solícita enfermera que me invitó a entrar. Cuando mi esposa llegó –tarde, claro está– ya yo podía recitarle de memoria las infecciones de trasmisión sexual más riesgosas y la seguidilla de consultas que visitaría durante las próximas semanas.

Tal vez por esa experiencia inicial, o porque me gusta estar ahí para tocar las cosas con la mano, fui a cuanto examen, ultrasonido o análisis le indicaron. Aprendí mucho en ese tiempo, a tal punto que le enseñé al MGI de mi consultorio a calcular el índice de masa corporal de las gestantes; y todavía conservo como una reliquia humorística de esa etapa, la indicación del propio médico orientándome un exudado vaginal que, lógicamente, nunca pude hacerme.

Me hice adicto a Babycenter, un sitio en Internet que me explicaba, semana tras semana, lo que iba sucediendo con mi bebé. Pensé que nunca hablaría en términos de semanas, sino de meses; pero cuando alguien me preguntaba, respondía: 15 con 3; 22 con 4; 38 con 3… Y una madrugada se rompió la fuente, vinieron los dolores y los pujos, la barriga de mi damita subía y bajaba porque el peque no quería seguir a oscuras en su interior. Y salió, al filo del mediodía, y la ginecóloga, cual hada madrina, me llamó al celular para que escuchara su llanto. Entonces supe, con los ojos aguados y el corazón desbocado, como es obvio, que yo nunca más sería el mismo.

Y me tocó cultivar una paciencia que no tengo durante los 21 días en que mi Alex hizo su parte mientras aquellas neonatólogas y enfermeras, como ángeles en la tierra, luchaban por su vida. Solo al llegar a casa nos volvió el alma al cuerpo, o volvimos a la normalidad, si es que eso es posible desde que inició la llamada Operación Alex, un ejercicio estratégico que incluyó gorjeos trazadores, bombardeos de besos y explosiones de abrazos, antes de recibir la condición de Vanguardia en la evaluación trimestral de Padres Primerizos que otorga la Comisión de Madres siempre Alertas.

Como casi todos los niños, Alex dijo primero Pa-pá. O tal vez dijo papa porque me asociaba con el hombre que busca la comida, qué sé yo.

También es verdad que antes dijo: agua, tata, leche y hasta Nereida. Por si fuera poco comenzó a llamarme Abdiel, y solo me decía papá cuando intentaba manipularme para que lo sacara de un corral que no soporta. Ahora me llama Tatá. O así nos dice a Liudmila y a mí, tal vez porque es su forma de decirnos que nos quiere. También dice “suerte”, a la vecina le dice “Isachi”, y cuando el vendedor desde lejos pregona: ¡Paaaannnn!, él le responde: “Calienteee”.

Han pasado 11 meses y pico desde aquel llanto en el celular, y no creo haber clasificado siquiera entre los mejores padres del mundo, pero sí me he esforzado por cuidar a mi Alex dándole todo de mí. Y los nervios no me hacen temblar para ayudarlo cuando lo veo en apuros con un traguito que se le fue por “el camino viejo”; y me levanto antes que nadie cuando lo escucho llorar en la cuna; y conozco sus posiciones preferidas para dormirse en mis brazos; y noto que le gusta la muchacha de pelo negro que canta precioso en el Cantajuegos; y lo muerdo flojito cuando él me muerde duro; y lo regaño para que no quiebre las figuritas que adornan la sala con sus manazas de niño grande; y veo con orgullo que sus dientes separados son iguales a los míos; y me río porque ayer le salió un lunar pequeño en la barriga, junto al ombligo, igualitico a uno mío, para confirmar casi genéticamente que es mi hijo, aunque haya quienes digan que no lo parece, porque es blanco blanco, como la leche, y yo, color cartucho, como el cartucho.

Pero a mí no hay quien me haga cuento de la paternidad de mi pequeño, que es un regalo divino, y desde su llegada me tiene estirando el salario a más no poder, deambulando –como nunca– por las tiendas, planeando cumpleaños, imaginándome el futuro… anhelando llegar a casa más temprano que de costumbre, para que esas manitas que me dijeron adiós en la mañana, me pidan que lo saque del corral, mientras él me lanza esa sonrisa… que solo yo sé.

3 comentarios en “Agenda de padre “recién nacido”

  1. Hola me ha encantado el articulo, llevaba tiempo interesado en esto porque lo estube cuestionando el otro dia con un amigo, al final tenia yo razón por lo que veo. Enhorabuena al autor esperemos que sigan asi, nosotros tenemos un blog igual pero trata de técnicas sobre redes sociales, como conseguir mas seguidores, likes en tus publicaciones y demás. se llama creapublicidadonline.es ¡quedan invitados! gracias, un abrazo fuerte.

    Me gusta

La opinión que le merece el texto que acabas de leer es muy importante para nosotros, ¿la compartes?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s