#Holguín: crónica en-jabon-ada


Por María Caridad Martínez Peregrín. Desde pequeños nos acompaña durante el lavado de las manos y el baño de nuestro cuerpo. Es indispensable para la higiene y diariamente recurrimos a él en busca de limpieza y buen olor. Existe de múltiples formas, tamaños, olores y precios. Sus funciones van más allá del simple aseo personal.

Con el tiempo, el jabón se ha convertido en un objeto “salvador y multiusos”, pues nuestro cuerpo no es el único beneficiado. A otras facetas de la cotidianidad han llegado sus prestaciones para brindar más que un oloroso perfume.

Su historia se pierde en el tiempo. Se dice que los egipcios utilizaron un producto jabonoso que consistía en una mezcla de agua, aceite y ceras vegetales o animales, fórmula que fue utilizada también por griegos y romanos.

En el siglo VII en la ciudad italiana de Savona se empezó a elaborar un jabón de aceite de oliva, pero ocho centurias más tardes aparece el jabón de Marsella, precursor de los jabones actuales, preparado con una mezcla de huesos (ricos en potasio) y grasas vegetales.

Su utilización masiva empieza en el siglo XIX y gracias a su repercusión en la higiene, se hizo posible el crecimiento de la población europea, debido a la disminución de las causas de mortalidad. Para muchos, el nacimiento de la industria del jabón fue tan importante para la sociedad como lo fue la máquina de vapor en la Revolución Industrial.

Hoy, existen jabones para todos los gustos, de todas las calidades y para todos los bolsillos. En Cuba, no es un producto tan insignificante, pues en más de una ocasión “enjabona” complejas situaciones.

¿Qué sería un cumpleaños o una celebración del día de las madres o los padres sin los jabones “salvadores”? Los regalos se benefician de ellos, pues se compra cualquier detalle y con un jabón, resuelves. A veces en solitario te hace no pasar por alto alguna fecha importante.

Su uso llega hasta otras áreas del hogar. Especialmente en la década del noventa, en residencias cubanas, en más de una ocasión la pasta dental fue sustituida por el jabón. Y como “el fin justifica los medios”, la cuestión era tener un olor bucal agradable.

Algunas peluqueras se han apropiado de ellos en su trabajo. Los trocitos de jabón sirven para espesar el tinte que aplican en los cabellos. Durante el lavado de la ropa también se saca provecho hasta del último casquito de jabón. Los más gastados se colocan dentro de una media, con el objetivo de ayudar al detergente, que en ocasiones es escaso.

Y qué decir del jabón cubano del siglo XXI: el de cinco pesos. Un producto que lo mismo se emplea para lavar o bañarse, y que por suerte para muchos, su precio, tamaño y calidad es asequible a la tarifa destinada cada mes para el aseo personal.

Dicen que el perfume bueno viene en frasco chiquito, sin embargo, generalmente, el jabón bueno viene con precio grande, pues el tamaño suele ser directamente proporcional al costo. En materia de olores, unos perduran y otros se los “lleva el agua”.

La durabilidad es el requisito más buscado por sus usuarios. Con ellos no va eso de que lo que importa es la calidad y no la cantidad, error, mientras más grande mejor, pues los pequeños en un “abrir y cerrar de ojos” se desvanecen.

Así existen de diversas formas, colores y olores, con disímiles funciones y de gran importancia para la salud. Ser de primera necesidad para la familia lo convierte en un artículo imprescindible. En ocasiones, pasa inadvertido, pero a diario nos demuestra por qué llegó a nuestras vidas y lo escogimos, pues “para gusto se hicieron los jabones”.

(Tomado de Ahora)

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