A cerebro abierto


educacion-tecnologiaPor Isis Sanchez Galano. Aunque el titular lo sugiera, no pretendo explicar una craneotomía u otro procedimiento quirúrgico cerebrovascular; tampoco la gama de trastornos o accidentes que pueden poner a la “intemperie” al órgano central de nuestro sistema nervioso ni el tratamiento más eficaz para prevenirlos.

Mis líneas se basan en una manifestación actual, que, a la usanza del cerebro, procura controlar pensamientos, movimientos del cuerpo, el habla y hasta la memoria de algunas personas, especialmente los jóvenes. Hablo del uso de la tecnología asociado al fraude académico.

Uno de mis recuerdos estudiantiles son las incontables noches de preparación con mil dolores de cabeza, cuando me decían que la prueba de una asignatura X sería a libro abierto. ¡Que levante el dedo quien no haya temblado ante una proposición de este tipo!, pues por designio -o sanguinaria costumbre de algún profesor- el aprobado era inalcanzable.

Mas ahora, unos años después, no solo se habla de cuadernos y materiales de estudio sobre la mesa a la hora de la prueba, sino también de modernos dispositivos electrónicos.

Digo “sobre la mesa”, cuando los docentes lo proponen como técnica para evaluar el entendimiento antes que la capacidad de recordar y memorizar los contenidos, pero las avanzadas y rezagadas tecnologías también se utilizan “por debajo”.

En todos las épocas, los educandos han concebido los métodos más creativos de fraude: minúsculos fragmentos de papel o cualquier inimaginable objeto donde copiar algún dato, hasta preguntas orales cual susurros al compañero del frente, de atrás… del lado.

A mi mente llega Yanet, antigua compañera de primaria que se escribía los muslos y, más que un chivo, tenía todo un corral de formas para “fijarse”. No puedo dejar de pensar que si Yanet, con su “destreza”, hubiese utilizado un iPhone, un Smartphone, un tablets o un iPod, en el presente viviría en la Luna.

También pienso en Omar que, en la Universidad, copiaba todo en su MP3 y reproducía hasta los puntos y seguidos en la hoja en blanco. La profesora siempre lo felicitaba por su “prodigiosa” memoria y los 5 puntos no desaparecían de sus notas.

Lo cierto es que la “conexión” de la tecnología con centros educativos es innegable y al parecer, definitiva. Sin embargo, ya es demasiado que los jóvenes pupilos la lleven a las aulas -sin previa autorización del maestro- y se valgan de ellas para lograr una buen resultado académico.

¿Realmente necesitan a la hora de una prueba algún dispositivo electrónico? ¿Cómo dejar uno de esos medios en manos de quien se examina?

La indisciplina no puede atribuirse a la ingenuidad y la inexperiencia de los muchachos. Indiscutiblemente se trata de negligencia y falta de autoridad. El responsable ciento por ciento es el docente.

Les corresponde a profesores y profesionales de educación en general, instruir y forjar conciencias, de modo que niños y jóvenes no eviten fórmulas matemáticas, ecuaciones químicas, hechos históricos y adjetivos por medio de una tableta o un teléfono móvil.

La nueva orientación tiene que ser la de ir el día de la prueba con el cerebro abierto, para que las tecnologías producidas por él se utilicen fuera de las aulas en pos del desarrollo de la sociedad y no dentro, para atrofiar y perjudicar el intelecto.

(Tomado de Ahora)

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