El discurso del método


Por Abdiel Bermúdez Bermúdez. Decir que la oratoria es un arte no me va a ganar lectores. Tampoco añadir que para echar a perder un acto solo hace falta un discurso largo, pródigo en cifras y oraciones subordinadas, que le haga el juego al lacerante sol de la mañana y a un calor de esos sublimes, que parten la tierra en dos.

La escena es más común de lo que cualquiera, en su sano juicio, estaría dispuesto a tolerar. El acto comenzó, como casi siempre, 30 o 40 minutos después. Estaba previsto que tuviera una hora de duración y todo bien, hasta la hora de las conclusiones, cuando con la primera frase se van por la cañada las previsiones del director artístico plasmadas en el guion, para decretar por adelantado la muerte dramatúrgica del acontecimiento.

Como por mandato prestablecido, quien discursa se dirige, primero, a los miembros de la Presidencia, en una extensa lista ya enumerada por el locutor en los compases iniciales. Hace las pausas enfáticas, a la espera de que el público aplauda “deportivamente” nombre tras nombre, cargo tras cargo. Hay ideas prediseñadas, defendidas en nombre del respeto y de las normas, que, con suerte, deberían perderse en un naufragio.

Resumir es una habilidad poco aprendida o mal enseñada, no sé bien. Pero cualquiera de las causas le sirve al orador, quien lee un caudal de palabras casi siempre escritas por otras manos, y uno lo percibe en cada pifia, salto de línea, nervios.

La gente se impacienta bajo las cuchilladas del sol. Los de alante miran fijamente al que diserta, pero han dejado de escucharlo. Apenas atienden porque el deber obliga. Y alguien mira hacia atrás, donde poco a poco se agrandan el murmullo y las historias ajenas al acto, a la convocatoria. Entonces comienza el movimiento curvilíneo uniformemente acelerado hacia los lados, primero en busca de los espacios con sombra; después, cada vez más lejos de la plaza.

El orador observa, por el rabo del ojo, los cráteres en la muchedumbre que dejó el desfile de los que no aguantaron. Él, por si acaso, sigue leyendo, como le corresponde. Lo lee todo, o eso parece, porque se demora. Lee, pero no lo escuchan. Cumple la tarea, pero no el objetivo.

Hace tiempo, la gente dejó de escuchar esas lecturas públicas. Algunos las oyen parcialmente, por respeto, por compromiso. Pero casi nadie saca provecho de lo dicho, porque el discurso no se parece a la gente. Es un discurso sentenciado, huérfano de matices. Por él ni se ríe ni se llora. Está escrito con una seriedad abúlica. Cada oración lleva la misma cadencia gramatical. Ni el verbo ni el sujeto se salen de su sitio. Convoca, pero no compromete.

El orador debería pensar en cómo cambiar el rumbo de esta historia, cómo no ser protagonista en la parábola del aburrimiento. No estaría mal preguntarse cómo quisiera él mismo que le hablasen si tuviera el sol acribillándole los sesos en estos tiempos de urgencias cotidianas.

Ponerse en la piel de quienes miran desde abajo podría ser el método más idóneo. Rara vez falla la empatía cuando se trata de convencer. Y claro, habría que atemperar el discurso al contexto, tomar en cuenta el ambiente, la hora, la temperatura, los móviles del acto…

Quién sabe si a la larga será este el discurso que inspire nuevas formas de decir. Un discurso postmoderno, aglutinador, enfático. Sin directrices ni recetas. El orador estaría libre de ataduras para evadir el guion de vez en vez, contar una anécdota, socializar una experiencia.

Eso precisa estudio, sí, y requiere de síntesis. No todo el mundo sabe aderezar discursos, ponerles sandunga, puro cubaneo, y mucho menos son mayoría quienes tienen la capacidad de hablar horas y horas sin matarles las ganas y el aliento a los oyentes.

Quizá por eso, demasiadas veces, los modelos actuales para mover a las masas son tan cercanos al anticlímax. Si la gente se pierde la esencia misma del acto, no tiene sentido su convocatoria. Bien se sabe que en un aula, la palabra de un maestro ha de causar embeleso; ha de ser inspiradora, sugestiva, atrayente. El acto resulta un escenario parecido. Un maestro, de los de verdad, es “un evangelio vivo” y, salvando las distancias, un discurso es una clase.

(Tomado de Ahora)

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