#Cuba: golpear desde dentro


Por  Jorge Gómez Barata. El bloqueo norteamericano ha sido tan total e intenso, y ha durado tanto tiempo, que algunos de sus efectos pueden haberse incorporado a la cultura de los cubanos, y operar como una segunda naturaleza. Es probable incluso, que en algunos sentidos las mentes hayan sido bloqueadas.

Mucha gente ha olvidado que el bloqueo no sólo fue norteamericano, sino de todo occidente. La Unión Soviética y el campo socialista se convirtieron en el único apoyo político, y en la fuente de suministros de todo cuanto Cuba necesitaba, incluyendo productos culturales: filmes, literatura, revistas, manuales, especialmente toda una doctrina económica y un modelo político. 

En 1991, cuando la Unión Soviética dejó de existir y Rusia emprendió la restauración del capitalismo, abandonó a Cuba, y en lugar de enviarle suministros le exigió el pago de deudas, Fidel Castro proclamó que “se había establecido un doble bloqueo”.

Cuando los rusos gobernados por Boris Yeltsin le volvieron no sólo la espalda a la isla, sino que actuaron contra ella, la dirección cubana reaccionó, y con decoro devolvió los golpes. Ya que cesaron de mandar petróleo y alimentos, se les pidió que dejaran de enviar las revistas Sputnik y Novedades de Moscú, y se cerraron las puertas a la propaganda de la Perestroika. Antes fueron Life, Selecciones y todas las norteamericanas. El doble bloqueo tuvo doble vía.

La suma de las acciones de Estados Unidos al bloquear totalmente a Cuba, de la Unión Soviética al dejar de asistirla masivamente, y de Rusia al cortarle la luz, el agua y el gas, y dejarla sin comida ni gasolina, empujaron a la Isla al “Período especial”.

Recuerdo una madrugada, cuando en medio de un apagón llegué a casa, y mi mujer, despierta a causa del calor, preguntó ¿por qué tan tarde? Estaba en una reunión donde se explicó lo relacionado con la evacuación de La Habana, le respondí cariacontecido.

Según aquel plan ella, como todas las mujeres, niños, ancianos y personas no imprescindibles serian evacuados a pueblos cercanos. Sin electricidad, agua, gas y sin comida, no era posible vivir en una ciudad de dos millones de habitantes. Tampoco había combustible para trasladarlos en ómnibus ni trenes. Una parte de la evacuación sería a pie.

Ella, como siempre, todo buen humor y optimismo fue categórica: “¡Mi hijo y yo no iremos a ninguna parte! ¡Menos a pie!

Afortunadamente el fin del bloqueo norteamericano está por llegar, y los rusos, capitaneados por Putin, ahora se muestran magnánimos. Más difícil será borrar de las mentes los efectos de haber vivido durante casi 60 años en una plaza sitiada.

Se trata de un fenómeno cultural, en parte semejante a la agorafobia, una enfermedad que padecen las personas que temen a los espacios abiertos, y sienten miedo ante los ambientes despejados. Es también el caso de quien no reclama algo porque no sabe que existe.

A tal punto puede haber llegado el síndrome de la plaza sitiada, que el racionamiento parece normal, e incluso todavía es defendido como una medida revolucionaria. Un compatriota fue categórico: “La libreta (de racionamiento) llegó para quedarse, porque de ese modo se protege a los sectores de bajos ingresos”.

También se creyó que al impedir la entrada de aparatos de video, teléfonos móviles, y prensa extranjera, se protegía a la nación contra la “penetración ideológica”.

Está bien exigir al Congreso norteamericano que levante el bloqueo, y pedir a Obama que use sus facultades ejecutivas, pero es menester recordar que nuestro presidente también tiene las suyas, y puede usarlas para acelerar desde dentro el proceso.

Recientemente estuvo en Cuba la secretaria de comercio de los Estados Unidos que concedió una entrevista en la cual tilda a los cubanos, nada menos que de  conservadores (sic). ¡Habrá que ver! ¿Será cierto?

El levantamiento del bloqueo es cosa de Estados Unidos, pero también hay que golpearlo desde dentro. En cualquier caso será sin agorafobia. Luego les cuento. Allá nos vemos.

(Tomado del blog Cubano1erplano)

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