Y a tí, ¿qué nombre te pusieron?


Por Rosana Rivero Ricardo. Jamás pensé que fuera tan difícil elegir un nombre hasta que atestigüé la zozobra de una amiga que estuvo nueve meses en busca del ideal para su bebé. La investigación fue exhaustiva: aguardaba el final de cada programa televisivo en espera de los créditos, perseguía la lista de trabajadores en la oficina de recursos humanos de su centro laboral y hasta hizo una convocatoria en el vecindario. Las propuestas pasaban por los impronuinciables yuyi, yuyi, hasta Braulia, Fredesbinda o Ermenegilda.

Como ella, existen padres con títulos Olímpicos en la innovación de nombres. Algunos, no conformes con la conjugación de sus cuerpos y de sus genes para engendrar una criatura, deciden combinar sus apelativos para bautizar la descendencia. En la historia de Cuba hay un singular caso. Rusela es el nombre de la hija del poeta y revolucionario Rubén Martínez Villena, resultado del nombre de él, con el de la madre, Asela.

También están los padres, tan orgullosos de su nombre, que deciden heredarlo a sus hijos. Así surge una extensa cadena en el árbol genealógico cuyas ramas conservan la misma denominación y está el bisabuelo Rogelio, el abuelo Roge, el padre Rogelito y el niño Rogelín.

Hay quienes incluso por preservar su nombre en la nueva generación y ser algo original, lo invierten y lo leen de derecha a izquierda. Así surgió de Maikel, Lekiam. Aunque los Reinier no deben tener ningún problema con esto.

Afortunadamente en la actualidad suelen ponerse hasta dos nombres, pues antes supongo que llevaría tiempo y espacio el firmar documentos legales si te llamabas como El Libertador: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios.

Los nombres vienen y van como las modas. En los años ’70 fueron furia las “Y”. En esa época nacieron las Yanisleydis, Yarisleidis, Yaisa, Yamilka, Yunieski, Yalieski,… En este siglo regresaron las Marías en combinación con Fernanda, Eduarda o Paula, típicos de nuestras bisabuelas.

Otra fuente de la que beben los padres para bautizar a sus hijos son los nombres extranjeros. Hoy son muy populares los Kevin, Stephanie, Jonathan, Scarlet, Emily, Jennifer, aunque la ortografía depende mucho de quien inscriba a la criatura.

Por otro lado andan los padres con ínfulas de astrólogos quienes se inspiran en la “Luna” o alguna “Estrella”. También están los amantes de la Geografía que consultan los índices de los atlas para elegir entre nombres de ciudades como Lídice, Kenya, Grecia o Venecia.

En cuanto a los apellidos, suelen indicar el parentesco a través del sufijo. En nuestro idioma se emplea la terminación EZ, como Fernández, que significa hijo de Fernando; Rodríguez, hijo de Rodrigo; Hernández, hijo de Hernán, etc.
Uno de los apellidos más comunes en nuestro país es Pérez. La razón por la que es tan usual puede encontrarse en una fábula popular cubana permeada del humor criollo que nos caracteriza. Cuenta que en la larga cola para obtener los apellidos las personas ansiosas por apellidarse se acercaban al buró donde se hacían legales los trámites.

Quien atendía la actividad contestaba pacientemente a los reclamos de los clientes: “Usted, espere”. En una tergiversación del español nuestro, resultado también del desespero causado por la larga espera, el cliente se iba convencido de que su apellido es Pérez.

Existen personas a los que el azar o el destino le depararon curiosas combinaciones de nombres y apellidos. Es el caso del constructor Armando Paredes del Castillo o de una mujer tan pero tan humanitaria que se llamaba Zoila Bárbara Cruz Roja.

Hay quienes incluso viven en incertidumbre toda la vida como Marcos Cuadrado Redondo, que aún no sabe qué forma tiene el artículo o Ángel Blanco Prieto que desconoce el color del angelito.

Otros son muy ecologistas, al extremo de combinar nombres y apellidos con elementos de la naturaleza. Es el caso de una colega: Rocío Rosales del Río.

Algunas personas están conformes con su nombre, y sin embargo no le agrada que los llamen cariñosamente por su diminutivo. Como Sunaris, a quien su madre llamaba: Sunaricita, sube, pa’que comas. A Inaudis tampoco le gustaba que le achicaran el nombre. Siempre lo escuchó como algo: Inaudito, dale pa’que te bañes.

Sentirnos a gusto con nuestro nombre es prioridad para nuestra autoestima, aunque desafortunadamente no tengamos participación en su elección. Así que buena suerte para los futuros padres que tal vez, ahora mismo, deciden el nombre adecuado para sus bebés. Dentro de unos años sabrán si eligieron el correcto.

(Tomado de Ahora)

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