Cuando llega la “carroza”


Foto: Archivo de Radio Ciudad de La Habana.
Foto: Archivo de Radio Ciudad de La Habana.

Por María Elena Balán Sainz. El tumulto formado para abordar el ómnibus conlleva a que muchos evadan echar los 40 centavos en la alcancía, favorece al carterista presto a hurtar al pasajero contra el cual se apretuja y limita a quienes son menos jóvenes y listos para subirse a esa “carroza”.

Algunos expresan en voz  alta inconformidades y críticas, acrecentadas por cada hora de espera o por la música que a altos decibeles brindan los conductores del transporte público.

Hay horarios picos en los cuales se acrecientan estas situaciones, sobre todo en la mañana temprano cuando hay que llegar al trabajo, al centro de estudios, a una cita con el médico o una gestión en una entidad oficial. Igual sucede en horas de la tarde o por las noches.

Ya es algo común que quienes consideran como deber ineludible abonar el pasaje no cuenten con los referidos 40 centavos y deban dar un peso, cuyo recorrido regularmente no va al tragamonedas sino  al  bolsillo izquierdo de la camisa del chofer.

Es cierto que en estos tiempos la tenencia del llamado menudo, o sea de las monedas, constituye todo un reto porque generalmente cuando en el agromercado, la bodega, o el pago de cualquier servicio entregamos un billete para pagar casi siempre recibimos la respuesta de que no hay vuelto.

De pasajeros, choferes e inspectores depende que el dinero recaudado engrose los fondos de las empresas del transporte y no queden en la cartera del que sube a la guagua o del que la conduce.

Indiferencia e indolencia son actitudes inadecuadas que subsisten y es deber de todos velar porque vayan desapareciendo.

La honradez como estado natural de la conciencia viene de la cuna, de los buenos hechos que transmite la familia o de la palabra del maestro cuando nos habla de los principios éticos.
Pero esto no puede constituir el argumento para evadir el deber social del pago del pasaje.

En la capital cubana, cuando en el 2009 comenzaron a circular  nuevos ómnibus, que si bien no suplían  la demanda sí constituían un paliativo, se complementó el servicio con la presencia de inspectores en 125 paradas para controlar los horarios y evitar el desorden.

Pero  ya eso es historia pasada, porque los inspectores dejaron de estar en esos puestos para chequear y también muchos choferes detienen  o desvían el vehículo en el lugar elegido para beber café, comer un emparedado o pizza, y pasan de largo donde debían parar para recoger o bajar pasajeros.

En  el ómnibus por igual se dan casos de mal comportamiento de usuarios y  también de conductores, quienes en ocasiones ponen música estridente a todo volumen, lo cual denota mal gusto y  poca educación, a la vez que molesta a quienes van en ese medio de transporte.

Algunos pasajeros se dedican a rayar la pintura interior, grabar sus nombres junto a corazones atravesados por flechas, fumar, no bajar por la puerta trasera y no subir por la delantera, ingerir alimentos que dejan restos en el piso o ensucian los asientos.

Una conducta ética no es aquella que puede ser descrita en un aburrido catálogo de normas, ni un adorno de la personalidad, es actuar con honradez y respetar los bienes sociales como son los medios de transporte, de los cuales nos servimos cada día.

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