¿Quién se robó lo mio?


Por María Elena Balán Sainz. Si vas a la bodega te roban en el pesaje, pero en el agromercado sucede igual, si acudes a un restaurante no te ponen en la mesa los alimentos con el gramaje que aparece en la Carta Menú. El consumidor carga con esa desventaja, mientras quienes estafan echan dinero a sus bolsillos.

Hace unos días visitamos con colegas un restaurante donde se paga en moneda nacional. Nos pareció buena la oferta. Comida criolla, plátano frito abundante, ensalada de estación. Resultó agradable y accesible el precio, de ahí que pasadas unas semanas volviéramos al lugar.

Resultó que no nos sirvieron la vianda como la otra vez, sino en un platillito de taza de café, y con el mismo precio por la pequeñísima ración. Alguien del grupo prefirió pedir limonada en lugar de la latica de refresco de cola y menuda sorpresa recibimos al llegar la cuenta. ¡Su costo era de 18 pesos!. ¿Los limones serían de Persia?

Era un domingo por cierto y no día de semana como la primera vez de la visita al restaurante. ¿Será que al ser fin de semana los dependientes multan a los comensales para llevarse más ganancias en un lugar donde el Estado es el abastecedor y recolector oficial de lo que allí se expende?
Ni siquiera se trataba de una llamada Paladar, y al comentar con otras personas asiduas a ese lugar coincidieron en que de lunes a viernes el gramaje de los alimentos viene acorde con la Carta Menú, no así sábado y domingo, regularmente.

Y los individuos por no parecer ridículos al reclamar los plátanos fritos que les corresponden o porque se han habituado ya a aceptar que los timen en bodegas, agromercados, tiendas recaudadoras de divisas, y en otros muchos sitios, hacen mutis.

Quien se “arriesga” a exigir sus derechos de consumidor encuentra que el Administrador no se encuentra, está reunido o le dan otra disculpa.

En estos tiempos que corren hay personas que piensan que apropiarse de lo que es de su empresa, de su taller, del lugar donde construyen un edificio o del sitio donde laboran no es malo, porque son bienes del Estado y total, los suministros vuelven a suplir eso que “se perdió”.

Un viejo proverbio apunta que quien vive con honradez nunca se arrepentirá de nada. Mientras otro, más popular y contemporáneo, señala que quien actúa de forma honrada puede, cada noche, poner tranquilo la cabeza sobre la almohada y dormir con placidez.

Es uno de los valores éticos que debe fomentar la familia desde los primeros años de vida. A veces, ocurren casos de niños que van a jugar a la casa del amiguito y traen de regreso juguetes que no les pertenecen y los padres aceptan que se queden con ellos.

Así en la medida en que van creciendo, cuando asisten a la escuela, prosiguen con el reprobable hábito de sustraer gomas, lápices y otros artículos que de antemano sus progenitores saben que no fueron obsequiados por sus compañeros.

Y se va formando una cadena de malas acciones, las cuales en la adultez resulta ya un lastre. Entonces en el centro de trabajo, en la comunidad en que viven o a cualquier sitio que vayan se sienten con el derecho de coger lo que no es suyo, de timar a las personas.

Lo peor es que muchos lucran con todo aquello que se llevan del trabajo y cuando alguien les dice que es una ilegalidad, se ofenden. Quieren ganar más dinero que quienes en realidad dan su aporte a la sociedad y estudiaron y se superaron para desempeñar su profesión.

La honradez como estado natural de la conciencia viene de la cuna, de los buenos hechos que transmite la familia o de la palabra del maestro cuando nos habla de los principios éticos.

Por eso no puede entenderse que algunas personas, aduciendo necesidades personales, roben a quienes deben atender en un centro público de recreación, en el establecimiento para productos normados por una libreta de abastecimiento o en las tiendas de divisas donde adulteran precios o dan el cambio con monedas de menos.

Son conductas reprobables y existe un código penal que las sanciona. No se puede admitir que quede impune quien atente contra los bienes sociales o de las personas.

2 comentarios sobre “¿Quién se robó lo mio?

  1. Luis Ernesto, una vez más combinas una profunda conciencia social, una armazón muy sólida de principios con cierta dosis de ingenuidad, aunque creo que tampoco podemos perder del todo la ingenuidad, si queremos creer en un ser humano mejor. Te lo digo sin maldad, incluso con afecto, porque tus artículos, o los que reblogueas, por lo general sudan bondad, buena intención, y firmeza de pensamiento. Mira, si por casualidad viro para Cuba (lo que no es del todo imposible), me gustaría muchísimo aportar de muchas maneras a esa labor ingente que hay que hacer para rescatar valores que se están perdiendo, y para fomentar los que hacen falta en una sociedad futura, más igualitaria y más justa, porque la que hay en Cuba es necesariamente de transición (esperemos que así sea, ¿no?) Pero al mismo tiempo, los mecanismos económicos existentes, legales, tienen que tomar en cuenta los móviles profundos de mucha gente.

    Creo que ya lo he escrito antes: la mediocridad humana es la condición predominante de la psicología social en todas partes del mundo, y desgraciadamente hay que tomarla en cuenta. Y los móviles fundamentales que alimentan esa mediocridad son el egoísmo y el miedo, que van de la mano. Entonces, no basta con que haya leyes que castiguen esas tendencias de robo. Ni siquiera basta con lo que es más importante de todo: con educar a la gente en una manera de pensar menos egoísta, incluso más inteligente si se mira en profundidad.

    El egoísmo de la mayor parte de las personas, el miedo de la mayor parte de la gente a ser dañados por otros (lo que lleva muchas veces a adelantarse en el daño para predominar), son dos fuertes mecanismos que tienen demasiado peso en su conducta diaria. Entonces hay que hacer, en términos económicos y legales, retrocesos estratégicos, cosas parecidas a la NEP leninista entre 1921 y 1924, por supuesto que adaptándolas a la realidad cubana de subdesarrollo y falta de industrialización, y también a la realidad psicosocial cubana de demasiada indisciplina laboral y de toda clase. Desgraciadamente, los servicios gastronómicos estatales en Cuba han sido un desastre, y eso incluso en la década aquella de bonanza relativa que fueron los años ’80.

    No sé si serán los pequeños negocios privados (con fuertes leyes y limitaciones antimonopolio), o si serán las empresas autogestionadas, al estilo yugoslavo de la época de Tito, los que podrán aliviar (que no solucionar) un problema interminable como el de la gastronomía. No lo sé. Lo que sí sé es que por ahora la fórmula estatal, que combina bajos salarios con falta de control (y de nuevo sale ahí el problema de los bajos salarios, por lo sobornables que son los controles) no ha funcionado hasta ahora. Yo me pronuncio por la fórmula autogestionadora, de tipo cooperativa. Eso puede fomentar la competitividad (que no es el ideal socio-económico pero ahora mismo HACE FALTA) y hacer subir un tanto la calidad.

    Volviendo al asunto de la conciencia social, desde una visión de conciencia, profunda, menos mediocre, esencialmente menos egoísta, lo ideal sería que TODOS TRABAJÁRAMOS MEJOR, con todo el esfuerzo a nuestro alcance, y así aportáramos más al mejor vivir de todos, incluidos cada uno de nosotros. Lo mejor sería que TODOS NOS TRATÁRAMOS MEJOR, con cortesía, con una sonrisa sincera en los labios, con AFECTO, simplemente porque DARSE A LOS DEMÁS ES LA MANERA MÁS HONDA DE SENTIRSE MEJOR. Lo ideal sería que la COMPETENCIA NO HICIERA FALTA, y que TODOS NOS COMPLEMENTÁRAMOS MEJOR, haciendo yo lo que no puedes o no sabes hacer tú, y a la inversa, completando tú aquello que yo no sé o no puedo hacer. En dirección educativa, yo he pensado incluso en sugerirle a la Televisión Cubana un experimento piloto, de un día, algo así como anunciar, con dos semanas de anticipación, una CAMPAÑA POR LA BONDAD Y POR EL AMOR AL PRÓJIMO, que dure un día, nada más para que la gente pueda palpar el contraste. Incluso un resultado parcial y limitado sería magnífico. Hacer una fortísima campaña para lograr UN DÍA en el que los choferes de guaguas traten mejor al público que las usa, y ese público no las maltrate ni las asalte hasta por las ventanillas; para que ese día los gastronómicos, en una jornada de amor, den lo mejor de sí y de sus productos a los clientes (sigue sin gustarme mucho la palabrita usuario, aunque sea políticamente correcta). Hacer esa campaña sobre todos los sectores de la sociedad, y pedirle a todos: guagüeros, gastronómicos, vendedores del agro, recepcionistas y cobradores de la Empresa Eléctrica, médicos y enfermeras (aunque a esos prácticamente no hay que pedirselo, lo hacen casi todos y lo hacen todos los días), maestros, recepcionistas, taquilleros de cines, administradores de restaurantes, dependientes de Coppelia, choferes particulares de los almendrones, policías, oficiales de la Aduana y Transcargo, periodistas, investigadores, operadoras de pizarras telefónicas, vendedores de Industrias Locales, cajeras y vendedores de las tiendas en CUC, a todos, a hacer un día fenomenal, un día de afecto en el que nos ayudemos a despertar. Un día en el que la vendedora de escobas no le venda todas las escobas a un revendedor que de esa manera se aprovecha de la necesidad de la gente, y que ese revendedor piense en la gente que necesita las escobas y busque una manera más útil a los demás de hacer su jornada. Puede ser que ese día de bondad y conciencia por el prójimo traiga a unos cuantos algunas pérdidas en cuanto a ganancias monetarias, pero haría saltar un contraste tan grande, que para unos cuantos sería un despertar. No podría ser impuesto, no podría llamarse de “trabajo voluntario”, que muchos renombran “voluntatorio”, y tampoco sería bueno combinarlo con nada de religión ni nada de eso. Todo lo contrario, darle su nombre: amor al prójimo, entendiendo al prójimo no como el vecino de al lado nada más, sino a toda la sociedad en su conjunto.

    Mientras tanto, en el diario, habrá que educar a largo plazo, mientras se implementan cosas más realistas en lo inmediato.

    Ya sé que este día de bondad, o de conciencia, suena ingenuo, igual que la esencia de este artículo que protesta contra la mala gastronomía, pero es una idea. ¿Quién la comparte?

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