La última crónica


Por Luis Ernesto Ruiz Martínez. Tengo un amigo que pronto se quedará sin tiempo para escribir su última crónica. Estoy seguro que nos llegará de alguna forma y la disfrutaremos como todas las que nos ha regalado. Pero esta vez no será igual, tendrá el inigualable sabor del deber cumplido, el inconfundible aroma del terruño que se acelera ante el regreso y la sensación de que algo verdaderamente especial espera por él.

Mi amigo ha sabido convertir en poesía el abandono, el desánimo y la tragedia. A fuerza de talento se ha convertido en un cronista de lo humano, aunque le haya tocado vivir en tierra olvidada. Por alguna mística razón tiene una complicidad que asombra con jurados, críticos y funcionarios. Cuando describe lo que ve, conmueve e invita a la reflexión. Propone ver no el desastre que convive con el pueblo del que nos habla, sino de la esperanza que les ha llegado de tierras hermanas.

Mi amigo llegó, instaló campamento y conquistó a los pobladores que, asombrados, han visto al joven de espejuelos en cada rincón de la pequeña isla del Caribe. Esa, a la que algunos llevaron soldados y cañones, mientras los nuestros se apuraron en compartir vida y esperanza. Los primeros, odiados; los segundos, venerados como hermanos que tienden la mano cuando hace falta.

Mi amigo está por llegar a casa. Sabe que cálidos brazos armados de amor y poesía lo esperan en esta parte de la isla en que tiene su nido de amor. Conoce que lo esperan. Le han dejado un mensaje que no sé si ha recibido. Su amada le ha enviado un texto sencillo: “Me quedo quietecita, esperando la maravilla. Es difícil, lo sé: esperar resulta casi siempre una ansiedad que no termina hasta el último instante en que explota la alegría. Y yo espero, y mientras espero, escribo”.

Su crónica será la última solo desde el lugar en que ha estado largos meses. Ahora regresa a su Holguín para seguir contando la cotidianidad que nos abruma. Mi amigo volverá a narrar nuestros problemas y aspiraciones. En lo adelante hablará de colas, de irresponsables, de abandono y de inescrupulosos. Hablará también de construir y rectificar, de soñar y trabajar. De eso y mucho más, pero su primera crónica será narrada en su pequeño apartamento y con poca compañía.

Mi amigo está por llegar. No estaré en la llegada, al menos no físicamente. Ese día tendrá para sí una isla de poesía que llenará de besos y futuro. Nosotros a la espera de que llegue, para disfrutar hasta la saciedad, su última crónica desde Haití.

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6 comentarios en “La última crónica

  1. Por suerte me entero del regreso de Abdiel, ya contaré, en mi casa donde se le conoce desde que era estudiante de la escuela vocacional José Martí junto a mi hija mayor y desde donde además se le sigue en cada reportaje para enterarnos de lo que sucede en tierras haitianas, para constatar que está bien y hasta más gordito, de lo elegante que apareció en su encuentro con las más altas personalidades de esa hermana nación, hasta para estar al tanto de su despeñó profesional y de paso sentir el mismo orgullo que sienten sus padres por lo mucho que ha crecido.

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