Tony, mi papa y el guajiro ¨Cascarero¨


Irmita González en el intercambio de delegados del IX Coloquio con estudiantes y trabajadores del Pedagógico de Holguín. Foto: Luis Ernesto/Visión desde Cuba.
Irmita González en el intercambio de delegados del IX Coloquio con estudiantes y trabajadores del Pedagógico de Holguín. Foto: Luis Ernesto/Visión desde Cuba.

Por Irma González Salanueva. Este fin de semana culminó el 9no Coloquio por los Cinco. Holguín nos colmo de amor y muestras de solidaridad, pero a su clausura no siguió el añorado regreso a casa. A pesar de que el cuerpo pedía a gritos un poco de descanso luego de tan arduas y emotivas jornadas, aún nos quedaba algo muy importante por hacer. Mi papa tenía una deuda pendiente, una palabra que cumplir y ya nos había anunciado a la familia que no podía postergarse.

Sucede que en la Penitenciaría Federal de Marianna, donde mi padre cumplió los últimos siete años de injusta prisión, coincidió con un guajiro cubano que se hacía llamar ¨Cascarero¨, en honor a su pueblo natal. En el encierro ese hombre se acercó mucho a mi padre y ambos tenían una amistad que se fundaba,sobre todas las cosas, en el respeto. El guajiro admiraba en mi padre el honor que infunde el sacrificio por una causa justa y mi padre reconocía en él una nobleza desbordante que se sobresalía a la explosividad que lo caracterizaba.

No muchas cosas tenían los dos en común, pero una sola bastaba para unirlos: ¨el amor por Cuba¨. Aun así, las formas en que se profesaba este amor a la patria estaban plagadas de diferencias, pero estas fueron languideciendo al pasar del tiempo y del esfuerzo de mi padre por darle orden a las ideas que aquel hombre tenía, sobre todas las cosas, en relación a La Revolución Cubana.

En honor a la verdad aquel guajiro bruto, según el mismo se definía, poca noción tenia de lo que realmente ha pasado y pasa en nuestra Cuba. La dejó cuando aún era muy joven, dejándose tan solo motivar por los arrebatos que lo tipifican, por lo que la larga ausencia, sumada a lo que de nuestro país se dice por allá, habían creado en su cabeza una telaraña que nublaba la verdad. Pero las conversaciones espontaneas con mi padre y la estela de autentica cubanía que por costumbre ha dejado la actitud de “Los Cinco” en cada una de las prisiones por donde injustamente han tenido que pasar, lograron que sin proponérselo, podamos decir desde un punto de vista quizás un tanto flexible, que el guajiro llegó a volverse en muchos aspectos, defensor de la obra social de nuestra revolución.

En los días próximos a la salida de mi padre de la cárcel, aquel hombre le pidió que en cuanto estuviera por Las Tunas fuera a visitar a su madre y hermanas a su pueblito. Mientras tanto el seguiría aguardando el momento de su libertad como lo había hecho hasta entonces, sembrando semillas una y otra vez en la yarda de la prisión, a pesar del empeño de los guardias en arrancar las plantas tan pronto retoñaban, pues esa era la forma que tenia de sentirse cerca de sus raíces hasta llegado el añorado retorno.

La ocasión del Coloquio nos acercaba a su hermosa tierra y luego de mucha búsqueda dimos por fin con la casa de la madre del amigo. Días antes, ¨El flaco¨, como llama mi padre cariñosamente a su hermano Tony, había llamado para insistir en la visita. Tony es ahora quien comparte con el guajiro la cárcel de Marianna y además de usar muy a propósito los pantalones que allí dejó mi padre , hace suyas también como es costumbre entre Los Cinco , no solo las convicciones, las alegrías, los dolores y las ideas del resto, sino incluso hasta las promesas. Por lo que mi tío, como lo llamo cariñosamente yo, asumía desde hace meses en defensa de su hermano, mi padre, la tarea de apaciguar la impaciencia de Cascarero.

Por fin llego el día. Luego de agradecer como jamás será suficiente a todos los participantes del Coloquio, corrimos hacia Cascarero. Nos encontramos entonces con un pueblito intrincado y colorido, evidentemente zona de pescadores, pues en los portales su gente desenredaba laboriosa y alegremente las redes utilizadas para la faena. También vimos cintas amarillas, muchas cintas amarillas y vecinos atentos a los visitantes que no se pierden cuando tenemos en cuenta que el pueblo cuenta tan solo con 84 viviendas. Cuando por fin encontramos la casa de la madre del guajiro íbamos ya acompañados por muchos pobladores, que al reconocer a mi padre con humildad y mucho cariño nos acompañaron al encuentro. Obidia llevaba casi dos años sin recibir noticia de su hijo, no sabía si estaba vivo o no y lloró y nos abrazo desde la llegada hasta la partida.

Nos tomamos fotos que serán enviadas a mi tío para que este haga entrega a Cascarero y prometimos ser el vínculo de comunicación entre ellos. La emoción vino a borbotones y mi madre también lloró mucho, ¿pero cómo no hacerlo? Somos una familia, testigo por muchos años de grandes gestos solidarios, no nos queda otra opción que multiplicar nuestra sensibilidad por mil y ser recíprocos con lo que tanto se nos ha dado.

La insistencia y la amabilidad de aquel pueblo hicieron que mi padre lo recorriera casi en su totalidad. En una casa le brindaron ostiones, en otra le brindaron café, visitó a una señora de 96 anos madre de un combatiente de La Sierra, habló con otra que le mostró un altar en cuya cima tenia las fotos de mi papa y mis cuatro tíos junto con una vasijita con salvia ¨para salvarlos¨, según dijo. Yo en tanto me quede haciéndolo compañía a la hermana de Cascarero, mientras que esta, agachada y nerviosa, se apoyaba en una banquetica para escribirle una carta a su hermano.

Al terminar me la entregó y yo no pude más que admirar la letra de aquella señora y así se lo expresé, en respuesta ella me dijo: ¨Eso se le debo a Fidel, en este pueblo somos todos humildes pero muy revolucionarios, por eso queremos tanto a Los Cinco¨.

Salimos de allí llenos de vida, sin cansancio alguno, felices y dichosos porque tal y como diría Ramsey Clark en una tribuna ese mismo día en Holguín, ¨somos parte de la Revolución más grande que ha dado la historia¨. Llegamos a Cascarero pensando que había terminado el Coloquio y salimos de Cascarero con la certeza de que apenas comenzaba.

Día a día este se multiplica en el correr despreocupado de cada niño cubano, con cada abrazo de joven o de anciano, con la lagrima empática de cada hijo y de cada madre, con todos los gestos humanistas que de tan cotidianos ni nos detenemos en ellos, pero que son muestra de que la nobleza ha sido sembrada en el corazón de Cuba y que con ella, junto al batallar y el esfuerzo imparable, lograremos tan pronto como se impone, que mis cuatro tíos visiten el pueblo de Cascarero.

(Tomado del perfil de Facebook de la autora)

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